martes, mayo 17, 2011

El fin del letargo concertacionista. José Luis Ugarte. Profesor de Derecho Laboral Universidad Diego Portales

El ex ministro Boeninger –algo así como el Jaime Guzmán del diseño de la transición a la democracia chilena- elaboró una sencilla pero eficaz doctrina a comienzos de los noventa. La nueva democracia, pensó, no resistiría las demandas sociales que se avecinaban – esas que deliberadamente se habían alimentado al calor de “la alegría ya viene”-, menos con la gente en la calle exigiendo los derechos prometidos y, al mismo tiempo, la presión de una pequeña y poderosa elite por mantener sus privilegios políticos –sistema binominal, senadores designados, etc., y económicos – Isapres, Afps y todo tipo de privatizaciones-, que la dictadura heredaba bajo el publicitado nombre del modelo chileno.


Todo bajo la atenta mirada de Pinochet –el “perro guardián” de esa elite- dispuesto a mandar todo al traste, incluyendo la democracia misma, por la más mínima de las razones, incluyendo las más pueriles –como dejar impune a de uno de sus hijos de sus pillerías comerciales-.

En resumidas palabras: puro miedo.

La Concertación paso así de golpe de adolecente idealista a adulto calculador. Y dejó al ciudadano que se movilizaba contra la dictadura en las calles, exigiendo justicia y democracia convertido en un disciplinado consumidor en la comodidad de su hogar, que se conformaba con poco.

Retirada la anestesia concertacionista, sin padre tutelar –Lagos- o madre acogedora – Bachelet-, los chilenos han quedado cara a cara con el modelo que en veinte años no ha mudado uno de sus pilares fundamentales: el de una de las sociedades más desiguales en la distribución de la riqueza del mundo.

Allí, sentado en su casa frente al televisor, lejos de la toma de las decisiones, entre teleseries y farándula, su peligro era mínimo para una transición a la democracia a la Bolaño. Lleno de trampas y con una enrevesada trama argumental.

La nueva democracia y su perro guardián podían dormir tranquilos.

Se iniciaba así el largo letargo concertacionista que, salvo mínimas excepciones –como la de los pingüinos-, se extendió por dos décadas, y que en estos días sorprendentes, parece haber comenzado su final.

Retirada la anestesia concertacionista, sin padre tutelar –Lagos- o madre acogedora – Bachelet-, los chilenos han quedado cara a cara con el modelo que en veinte años no ha mudado uno de sus pilares fundamentales: el de una de las sociedades más desiguales en la distribución de la riqueza del mundo.

Y peor aún, han comenzado a percibir, poco a poco, que su voz sólo será escuchada al interior de un modelo político cerrado y autista como el chileno, en cuanto se exprese en forma de protesta y con olor a calle.

Y no le faltan razones. De hecho, no es difícil predecir que nuestro modelo político, extremadamente representativo, con persistentes enclaves no democráticos –como el binominal- y lleno de rincones donde el ciudadano es una persona “non grata” –como en la institucionalidad ambiental, la educacional o la laboral-, vivirá complejos momentos para arreglárselas en los próximos tiempos con el creciente protagonismo de diversos sectores sociales, ahora al parecer dispuestos a salir a la calle.

Como ha ocurrido en estos días y seguirá ocurriendo en los próximos, Piñera y su nueva forma de gobernar no la tendrán fácil. Acostumbrados a que otros dieran la cara por ellos –los administradores de la concertación –, mientras ellos exprimían hasta la última gota del modelo, deberán ahora soportar una situación inédita: defenderlo de una ciudadanía donde se extiende día a día la sensación de exclusión, de no participación y de desigualdad.

Y deberán echar manos a algo más que represión y lacrimógenas para enfrentarlo.

Es que, como recordará Piñera con nostalgia en estos días, los buenos tiempos, esos en que otros daban la cara por los dueños, no volverán.

Comentarios ciudadanos:

1.- José Luis, gracias por tu comentario, ha expresado muy claramente mi forma de pensar la elección de piraña.
Notablemente el pueblo necesitaba sacudirse la anestesia, o más bien dicho , necesitábamos desconectar la matrix que nos tenia controlados a control remoto, esto se ha dado y ahora estamos cara a cara con los patrones, habiendo sacado de en medio a los capataces.

2.- ¿Y por qué el artículo se titula el fin del letargo y no del fin de la Concertación? ¿O es que a estas alturas creen que pueden volver a ponerse al frente y capitalizar la adhesión de los movimientos ciudadanos? Difícil. Están demasiado viejos y guatones como para correr en las manifestaciones. Sin contar a los que les da soponcio el olor a calle, pues no sirve para el currículo profesional.

3.- Excelente artículo, interpreta claramente la situación en que nos encontramos, nuevamente los oprimidos partiendo de abajo y con una perspectiva clara, barrer definitivamente el oportunismo concertacionista y a la derecha dueña del poder. Felicito se dé a conocer este pensamiento que obviamente es mayoritario, debemos protegernos siempre de quienes ya arrebataron las banderas al pueblo, hoy los demagogos deambulan sin rumbo, no han muerto todavía, tienen recursos y mentiras que ofrecer. Debemos blindarnos de esos personajes y protestar con las banderas transparentes de la liberación.

4.- Igual que el autor, pienso que iniciamos un nuevo ciclo ciudadano, hay una toma de conciencia generalizada sobre la injusticia, la inequidad, la codicia y el autoritarismo que nos gobierna, y estamos dispuestos a hacernos escuchar. Los políticos de todos los colores gobernaron mucho tiempo sin la ciudadanía empoderada. Veremos si pueden reciclarse ante esta nueva realidad y dar las respuestas necesarias.